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miércoles, 23 de noviembre de 2011

LA AUSENCIA DE MIS PASOS

Caminaba por la Calle Mayor de Estella evocando en las paredes, comercios, portales, balcones y bajeras, mis infancias y adolescencias estivales.

Deambulaba intentando, sin conseguirlo, reconocer algún rincón ocupado alguna vez por mí en un beso furtivo, o un hueco en el que, refugiado, bebí a escondidas durante las fiestas.

La calle no había cambiado tanto; entonces... quizás fuese yo quien había mudado tan drásticamente que tan sólo podía percibir la vaga y lejana presencia de mis pasos de alpargata blanca y roja sobre el asfalto.

Un letrero parco y explícito me sacó de mi ensimismamiento. Decía "ZAPATERO". Debajo de él, un modestísimo escaparate presentaba calzados austeros. Dentrás del cristal, un atento y jovial dependiente envolvía con su hábil conversación a una clienta con dos zapatos usados en las manos.



Divagué sobre la idea de que me parecía curioso que un establecimiento de venta de zapatos fuera llamado "zapatería" mientras un negocio de arreglo de zapatos se identificase con el enunciado del oficio del artesano propietario: "Zapatero".

-Qué honesto y humilde, pensé.

Resultaba una escena atemporal. En realidad, en algún tiempo, toda la calle mayor estaba ocupada por afanosos artesanos como aquel.

Seguí caminando calle arriba al acecho, de nuevo, de mis recuerdos más remotos pero esa mañana estaba condenado a mirar hacia afuera. Me topé con la escena de la monumental escalinata de acceso a la Iglesia medieval de San Miguel. 



Me sentí abrumado; no tanto por la espectacularidad de las proporciones y de la perspectiva, como por aquella presencia vetusta en el contexto actual y cotidiano de la calle Mayor de Estella en pleno siglo XXI. Aquel vestigio del pasado antiguo era testigo secular de ese brazo de ciudad repleto de vida bulliciosa e infinita. 

Desde la base de la enorme escalera de piedra acerté a reconocer el local bautizado "ZAPATERO". Ambos, monumento y comercio,  venían del pasado; mejor dicho; venían en el pasado que parecía querer instalarse allí.

Y entonces... si el pasado y el presente se fundían en aquel pequeño tramo de adoquines...¿dónde estaban mis carreras juveniles?; ¿Dónde mis caricias torpes con aroma a granadina mezclada con...?.

Aquella mañana encontré al pasado remoto y ajeno y sin embargo no pude reconocer el reciente y propio. 

Caminé calle arriba de nuevo con la esperanza perdida al fin. No me hallaría ahí esa mañana. Sin embargo, aseguro que, en algún tiempo, quizás remoto, estuve.

1 comentario:

  1. Kaixo Pablo!

    Las calles del casco viejo de Lizarra son mágicas, tienen un encanto diferente a muchos otros sitios... sigue buscando que encontraras esos rinconicos donde se quedaron los besos furtivos y las noches de juerga... pero prueba a pasear de noche, porque la cosa cambia y la luz del día hace cambiar la percepción de los sitios mágicos... ;)

    Muxu!

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